Una nevada de alborozo en Vermont

Coordenadas 44°00′N 72°42′O

Los puertorriqueños, e hispanos en general, siempre nos hemos caracterizado por andar en manada, como ovejas en su rebaño, o igual en bandada. Nuestra familia va más allá de padres y hermanos. Incluye todo el linaje sanguíneo (abuelos, primos, tíos y sobrinos) y en muchísimos casos, amigos y vecinos que se han convertido en parte del clan.

El río casi congelado. Foto: Pamy Rojas

El río casi congelado. Foto: Pamy Rojas

Hasta el gato

Una simple reunión familiar se convierte en la gran fiesta, porque a la voz de jolgorio se aparece hasta el gato. Cuando hablamos de vacaciones, y en época navideña, el panorama no es muy diferente. Entonces, un viaje de vacaciones se convierte fácilmente en una excursión. Hay que alquilar hasta una guagua para poder acomodar a un grupo que nunca es menor de ocho.

Este viaje no fue la excepción, pero para ser exactos éramos 16 personas. Estaban los abuelos, los primos, la hermana, el tío, las primas, la vecina y los nietos. Además de padres e hijos. Y no alquilamos solo una guagua… íbamos en dos. El destino: un helado Vermont.

¡Qué mejor lugar para jugar de mano que en la nieve! Foto: Pamy Rojas

¡Qué mejor lugar para jugar de mano que en la nieve! Foto: Pamy Rojas

Paisaje invernal

Para aquellos que vivimos en el trópico, y que los cambios de estación son totalmente verde, el paisaje invernal de Vermont, limpio y níveo, siempre resulta fascinante. Aunque se nos congele nuestra sangre ardiente acostumbrada a la calidez isleña, a pesar de tener que vestir capas y capas de ropa y pese a que quizás tengamos más habilidad para los deportes acuáticos… ir a esquiar a la nieve se convierte en todo un suceso trascendental.

El frío no los detuvo para jugar largos ratos en la nieve. Foto: Pamy Rojas

El frío no los detuvo para jugar largos ratos en la nieve. Foto: Pamy Rojas

Nieve por primera vez

Si a esa aventura, que de por si es como sacar a un pez del agua, le añadimos el toque infantil, el suceso pasa a ser una experiencia que es necesario documentar para nunca olvidar… Cinco niños: Camilla, Ariana, Bianca, Manuel Andrés y Paola,  y dos adolescentes: Gabriel y Alejandro,  son la fórmula perfecta para coquetear con la fascinación y la sorpresa nuevamente. Nada pasará desapercibido, será un redescubrir la inocencia y la candidez a través de sus ojos.  

Llegamos al aeropuerto y la cara de Manuel Andrés y Paola (quienes nunca habían visto nieve) valía más que la más grande fortuna. Inevitable que se metieran a jugar con la nieve paleada de las aceras. Tenían que tocar y sentir lo que sus ojos percibían como el glaseado de los bizcochos, pero que era tan frío como un helado. Mientras terminaba el proceso de alquiler de las guaguas, los niños fueron niños, los adultos también.

La diversión en la nieve fue continua. Foto: Pamy Rojas

La diversión en la nieve fue continua. Foto: Pamy Rojas

Swiss Farm Inn

Nos dirigimos al Swiss Farm Inn de Roger y Joyce, localizado en la carretera #100 de Pittsfield en Vermont. Nuestro grupo ocupaba una cuarta parte de la hospedería, tres mesas del comedor y no cabíamos todos sentados en la sala. Roger y Joyce estaban fascinados con nuestra enorme familia. El pasado año ya había asistido otro grupo de nuestro numeroso clan, en esa ocasión eran nueve. Roger se mostró encantado de haber conocido finalmente a “toda” la familia, a lo que mi hermano le tuvo que aclarar que solamente había conocido a la mitad: “somos unos cuántos más.”

Un poco de calor frente a la chimenea de la hospedería. Foto: Fernando Rojas

Un poco de calor frente a la chimenea de la hospedería. Foto: Fernando Rojas

Aroma a canela

El Swiss Farm Inn es un remanso de hospitalidad. Joyce es tan dulce como su famoso bizcocho de manzana y Roger es todo un dechado de cordialidad. La temperatura en los 25 grados afuera y adentro nos deleitaron con una calurosa acogida. En las habitaciones se sentía una comodidad familiar, un aire hogareño y placentero. Al pasar por la cocina se respiraba un mimoso aroma a canela. Entre los libros de la sala se acomodaban las memorias de aquellos otros visitantes que también fueron cobijados con tanta amabilidad.

La cabaña de grotescos troncos redondos con el humo escapando de la chimenea. Foto: Pamy Rojas

La cabaña de grotescos troncos redondos con el humo escapando de la chimenea. Foto: Pamy Rojas

Un banquete de querencia

Afuera de la hospedería hay un letrero que lee: World’s Best Breakfast (El mejor desayuno del mundo), una descripción bastante común y corriente, de la que se podría adueñar verdaderamente cualquiera. Sin embargo, luego de haber tenido literalmente el gusto de saborear la experiencia del desayuno en Swiss Farm Inn se podría describir como un “banquete de querencia”. Y es que lo que hace el desayuno de este lugar el mejor del mundo, no son solo los esquistos panqueques con arándanos, las deliciosas tostadas francesas con frambuesa o las inigualables papas hechas en la casa, sino que al desayunar allí te sientes como si estuvieras en la casa de tu abuela. En esa casita de campo donde la leche se sacaba de la vaca que pastaba en los alrededores y los huevos se cogían, todavía tibios, acabados de poner por las gallinas. Y es recordar a esa abuela que nos servían huevos, cereal, leche, jugo, tostadas y avena solo para desayunar. Que para nuestros pequeños estómagos era demasiada comida, pero toda esa abundancia de alimento se traducía en simplemente ese exceso de amor tan exclusivo de las abuelas. No vayan a pensar que Roger y Joyce son personas mayores, para nada. Son un matrimonio joven con un corazón tan dulzón como el de nuestros abuelos. 

Pico Mountain es una de las montañas más grandes de Vermont. Foto: Pamy Rojas

Pico Mountain es una de las montañas más grandes de Vermont. Foto: Pamy Rojas

Esquiar una y otra vez

Las cenas eran otro deleite. Todos los días platos diferentes, todos riquísimos. Pero lo mejor de la cena eran los pecaminosos postres de Joyce, nadie se negaba a enviciarse, aunque luego nos hiciera falta. Ya por la noche los más pequeños se iban a jugar a las habitaciones y los adultos nos quedábamos en la sala. Junto a la chimenea, con una botella de vino y buena compañía, podíamos arreglar el mundo en tan solo horas.

Se divirtieron bajando la montaña de nieve agarrados de la mano. Foto: Pamy Rojas

Se divirtieron bajando la montaña de nieve agarrados de la mano. Foto: Pamy Rojas

Trencito en la nieve

Nuestros días transcurrieron enérgicos alrededor de cinco niños y dos adolescentes en Pico Mountain, la montaña que escogimos para esquiar. A solo minutos de la hospedería, Pico Mountain, una de las montañas más grandes de Vermont, prometía que sería capaz de absorber parte de la intensa energía contenida en cinco niños y dos adolescentes. Dos horas de clase para esquiar fueron suficiente para aquellos, que ya lo habían tratado en algún momento, lo recordaran y para quienes nunca lo habían hecho se familiarizaran con una nueva técnica. Después de la clase ya estaban en el ski lift subiendo al próximo nivel. Unos más atrevidos que otros, algunos bajaban veloces, otros se deslizaban con más calma. Una y otra vez, solos, en pareja y hasta en grupo descendieron por el helado tramo. Y como buenos puertorriqueños hasta hacían el “trencito” para bajar la cuesta todos juntos. Con tan solo verlos a ellos en su sube y baja, terminábamos cansados.  Ellos todavía podían durar más, como el famoso anuncio de las baterías, pero la estación de esquiar cerraba a las cuatro de la tarde y debíamos regresar.

No podía faltar patinar en hielo. Foto: Fernando Rojas

No podía faltar patinar en hielo. Foto: Fernando Rojas

Paisaje de postal

De vuelta a la hospedería contemplábamos el virginal paisaje cano que solo se ve en postales. La cabaña de grotescos troncos redondos con el humo escapando de la chimenea en la que se retrataba una tranquilidad pasmosamente apacible. Otra casa de madera, esta vez roja, que parecía dibujada en un lienzo sobre un fondo blanco. El río casi congelado, que no era detenido por las piedras, sino que se solidificaba con el descenso de la temperatura cada vez más helada. Un paisaje que emanaba paz y de alguna manera un poco de nostalgia. Un silencio ensordecedor que contrasta irremediablemente con el eterno canto del coquí.

Un paisaje como de postal. Foto: Pamy Rojas

Un paisaje como de postal. Foto: Pamy Rojas

Sube y baja

Organizar el viaje a Vermont fue como subir lentamente al tope de la montaña en el ski lift mirando a nuestro alrededor todas las posibilidades. Decidir donde nos íbamos a quedar y qué íbamos a hacer fue como llegar a la cima y contemplar el hermoso paisaje desde la cumbre. Llegar a nuestro destino y disfrutar de esos días de tanta emoción junto a los más pequeños fue como sentir la adrenalina al bajar a toda velocidad el helado monte. Gozamos el ascenso y descenso a plenitud, pero nos quedamos con ganas de más… esta historia debe continuar…


Prácticas de turismo consciente:

1. Llevar ropa adecuada para el clima.

2. Apoyar la economía patrocinando los negocios y hospederías locales.

3. Considerar a quienes nos rodean, máxime si viajamos en un grupo grande y además somos de una cultura más expresiva.

4. Velar por los niños y mantener en el orden en todo momento.

5. Practicar deportes de invierno con cautela.


Lugares de interés

Pico Mountain
4763 Killington Road 
Killington, Vermont
Teléfono: (802) 422-6200
Email: info@killington.com 

Original General Store
Route 100 
Pittsfield, Vermont
Teléfono: (802) 746-8888

Greenbrier Gift Shop
2057 US Route 4
Killington, Vermont
Teléfonos: (802) 775-1575
(800) 335-1575
info@greenbriervt.com