China, una caja de sorpresas

Coordenadas: 39°54′50″N 116°23′30″E

La serie de dibujos animados, que presentaba a un conejo escarbando la tierra para atravesar al otro lado de la tierra y llegar a China, interrumpían mis pensamientos cuando veía que las horas no pasaban.  Ya había dormido por lo menos ocho horas y todavía quedaba la mitad. Llegamos a Beijing luego de más de diecinueve horas volando. Para ir a China no hay otra, no se pueden tomar atajos.

En el aeropuerto de Beijing nos recibió nuestro guía de excursión David, de Friendly Planet y nos dio la bienvenida: nǐ hǎo.  A menos que sepas hablar mandarín, me parece que la única manera de viajar a China es en una excursión o con un intérprete; imagino que ellos deben sentir lo mismo cuando viajan a nuestro país y tratan de comunicarse en nuestro idioma. 

En las calles mucha gente se entretenía escribiendo la acera con agua, como era invierno, el líquido se marcaba con facilidad. Foto: Pamy Rojas

En las calles mucha gente se entretenía escribiendo la acera con agua, como era invierno, el líquido se marcaba con facilidad. Foto: Pamy Rojas

Gestos y señas

La primera noche, o día,  en Beijing (mi cuerpo verdaderamente no podía definir hora en ese momento) debíamos cenar sin nuestro guía, o sea, ¡sin interprete! Fuimos a un restaurante cercano y mediante gestos y señas pudimos ordenar la cena. El menú fue nuestro intermediario y único salvavidas en este primer encuentro con esta cultura oriental. ¿La comida? Nada parecida a la comida china que preparan en occidente. Sin embargo, a diferencia de los cuentos de horror que me atemorizaban, no estaba nada mal. Al contrario, muy apetecible a los sentidos. Para callar la orquesta de nuestros estómagos, nos deleitamos con arroz blanco al estilo oriental (obviamente mis hijos querían comer con palillos chinos) y diferentes tipos de carne. La comida era bastante picante, por eso entendimos que era parte de la cocina oriental Szechuan.

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La Ciudad Imperial tiene 800 edificios y más de 8,000 cuartos. Foto: Pamy Rojas

Entre colores brillantes y el número perfecto

Nuestro primer día de gira nos llevó a la Ciudad Imperial. Allí se encuentra el palacio donde vivía el emperador de China.  En esta estructura histórica se destaca el color amarillo, ya que era el que distinguía a la realeza.  En cada esquina de los techos de dos aguas hay una serie de pequeñas estatuillas. Estas figuras de animales representaban el poder de las personas que vivían en los edificios.  Solo el edificio del emperador tenía diez estatuillas. Para mis hijos era como estar dentro de una película. Las imágenes que habían visto en libros y en el cine se desplegaban ahora frente a sus ojos. Se maravillaron del colorido y la perfección de los diseños que adornaban los edificios. 

Los colores brillantes adornan la arquitectura. Foto: Pamy Rojas

Los colores brillantes adornan la arquitectura. Foto: Pamy Rojas

Origami y dumplings

Al otro día visitamos un poblado llamado Gaobeidian Village.  En este recorrido tuvimos el privilegio de compartir con niños y familias orientales.  Allí fuimos a una escuela elemental donde los estudiantes nos deleitaron con canciones y juegos.  Una de las pequeñas quedó encantada con mis hijos y les regaló la figura de un pájaro formado con la técnica de papiroflexia (origami).  

Después de cantar y jugar con los niñitos de la escuela fuimos al hogar de una familia china. Allí vivimos una experiencia única con nuestros nuevos amigos orientales. Nos invitaron a ayudarles a preparar dumplings. Estábamos fascinados. Entre masa y relleno conversamos con el padre, su hija y la abuela; el guía como intérprete, por supuesto. Nos contaron como son una sociedad que trabaja mucho y tienen que hacer maravillas con lo que ganan, pero que nunca falta la comida en abundancia sobre su mesa.  Esa noche establecieron su punto.

Nos enseñaron cómo hacer dumplings. Foto: Fernando J. Rojas

Nos enseñaron cómo hacer dumplings. Foto: Fernando J. Rojas

La sencillez de la vida

Fue un gran banquete, los platos presentaban todos los colores, texturas y sabores. La sopa preside el menú oriental. Vegetales que yo no tenía idea que existían, cortados de diferentes formas y aderezados con creativas salsas, también eran parte de la carta. La res y el pollo se presentaban apetitosas con el tradicional arroz blanco, que siempre está presente en la lista de manjares de oriente, se unían a la lista.  ¡Y los palillos chinos! Muchos platos eran picantes y con mucho ajo.  Otros estaban preparados con diferentes especias y salsas muy sabrosas. Fue toda una experiencia al paladar.

Como si fuera poco, para cerrar la espléndida noche, luego de cenar, fuimos al centro comunal del poblado.  Pasamos una velada inolvidable escuchando grupos de todas las edades cantando y disfrutando de la sencillez de la vida.

Las tumbas Ming están construidas como si fueran palacios. Foto: Fernando J. Rojas

Las tumbas Ming están construidas como si fueran palacios. Foto: Fernando J. Rojas

Tumbas y concubinas

Otro día de excursión. Una nueva historia. Otra sorpresa. En las trece tumbas Ming mis hijos conocieron el significado de la palabra concubinas.  Este lugar se edificó al tope de una montaña y allí se enterraron los restos de los emperadores. Cada tumba está edificada y conectada una con otra por un camino al que llaman la ruta sagrada.  Según cuenta la historia, el emperador era enterrado con sus concubinas cuando moría, aunque ellas todavía estuvieran vivas. Este dato impresionó a mis hijos, tanto o más que conocer el significado del término. La nueva palabra nos acompañó el resto del viaje porque trajo con ella incontables preguntas.

La Gran Muralla China fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987 por la UNESCO.

La Gran Muralla China fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987 por la UNESCO.

El cementerio más largo del mundo

Cuando pisé la Muralla China sentí una cronología de los años, las décadas y los siglos de perseverancia para levantar una de las maravillas del mundo. Pensé en las almas que quizás todavía vagaban por sus alrededores. Este monumento ancestral, extraordinariamente largo y majestuoso, tiene cuerpos enterrados entre sus sólidas piedras.  Fueron tantos los obreros que murieron durante la casi eterna construcción de esta monumental fortificación (duró casi 1,000 años y pasaron diferentes dinastías) que enterraron sus restos entre sus muros. Por eso le llaman a la Muralla China el cementerio más largo del mundo.  Otro dato para mis hijos difícil de olvidar.

Árboles milenarios en el Templo del Cielo. Foto Pamy Rojas

Árboles milenarios en el Templo del Cielo. Foto Pamy Rojas

Rutina de paz

Después de haber tenido el privilegio de caminar por tantos lugares, que millones de personas también habían recorrido, y donde ha quedado escrita la historia de este antiguo país, fuimos al Templo del Cielo. Llegamos muy temprano en la mañana. El sol, exhibiéndose sin timidez entre los árboles desnudos, me seducía para que capturara su despliegue con mi lente. Su perfectamente redonda forma destellaba un voluptuoso anaranjado que se asomaba por las ramas; las que parecían querer detener su ascenso. ¡Una foto de postal!

 Los patios del templo eran una fantasía.  Seres humanos de todas las edades haciendo tai chi, otros tocando diferentes instrumentos, cantando o jugando… viviendo una mañana sencilla y mágica a la vez.  Una llamativa anciana invitó a mis hijos a jugar con ella y ellos estaban encantados.  El Templo de Cielo es un complejo de varias pagodas y edificios que fueron utilizadas por el emperador para llevar a cabo diferentes ceremonias orientales, entre ellas la anticipación a una buena cosecha. Nosotros nos llevamos un pedacito de paz de este apacible lugar.

A esta calesa oriental se le llama rickshaw. Foto: Pamy Rojas

A esta calesa oriental se le llama rickshaw. Foto: Pamy Rojas

Pintorescos y estrechos callejones 

Dejamos atrás el casi cielo y nos adentramos al barrio de los Hutongs.  Quien padezca de claustrofobia debe pensarlo antes de recorrer estos ancestrales vecindarios de Beijing. Los miles de callejones que forman incontables pasadizos son tan estrechos que ni los carros pueden pasar.  Una pintoresca manera de transportarse a través de estos angostos pasillos es por medio de una calesa halada por una bicicleta (rickshaw).  En el carretón se montan dos personas y un hombre en bicicleta es quien lleva ‘la canasta’ a su destino.  De más esté decir que mis hijos disfrutaron una barbaridad.  Paseamos por las callejuelas de este antiguo vecindario que contrasta irremediablemente con los modernos edificios de un flamante Beijing, pero que todavía preserva su tradicional encanto y además alberga a miles de familias.

Cada día de nuestro viaje al otro lado del mundo nos quitaba el aliento de la emoción. Los monumentos, la gente, las sensaciones, la comida, los colores, las formas y la sencillez de su vida. Pero más que nada, el hecho de que mis hijos, en su adolescencia, pudieran exponerse a una cultura tan diferente a la nuestra, fortaleció en ellos el respeto a otras personas, independientemente de su cultura o creencias; y todo se logró dentro de una caja de sorpresas…

 Zài jiàn Zhōng guó

(¡Hasta luego China!)


Prácticas de turismo consciente:

1. Conocer y respetar otras culturas.

2. Respetar y adentrarse a la Madre Naturaleza.

3. Participar de rituales de otras creencias y demostrar respeto.

4. Promover la economía en excursiones locales. 


LUGARES DE INTERÉS

Ciudad Imperial
Plaza Tianamen
La Muralla China
Tumbas Ming
Hutongs
Templo del Cielo
Palacio de Verano