¡Qué grande eres!

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A Biyo (Papi, Abito)

(26 de mayo 1941 - 10 de julio 2018)

Biyo, te fuiste y pensamos que ya no estás...

Pero te quedas en la bandera que sopla en el peñón de la playa y en el amor a la tierra que nos supiste inculcar. Te quedas en el grupo de pleneritos.  Te quedas en la playa de Vega Baja.  Te quedas en tu Isla...

Te quedas y estás...

Te quedas en la ola que rompe en tu balcón y en nuestra cercanía al mar.  Te quedas en las limpiezas de playa.  Se queda tu afán por sembrar y te quedas en todo lo que después de ti, logremos conservar...

Te quedas en la melodía de: A mi manera y en todas aquellas canciones que tanto disfrutabas escuchar.  Te quedas en aquella estrofa: en el tronco de un árbol, una niña...  Te quedas en: esta es la tierra que habito, pertenezco a este lugar... o como diría tu nieta Arianna: esta es la tierra de Abito...

Te quedas abuelito y siempre estarás...

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Estarás a nuestro lado en el avión cuando toquemos las nubes.  Nos acompañarás a aquellos destinos que ya visitaste y a los que no pudiste llegar.  De seguro iremos a Grecia, a Holanda, y a China, debemos regresar...

Te quedas papi y allí estarás.

Estarás en la butaca del cine viendo la película que sabemos te podría gustar.  Escucharemos tu risa en las comedias españolas.  Desearemos llamarte para saber cual sería la próxima a recomendar...

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Biyo, nos dejas... sí... nos dejas...

Nos dejas el ¡qué grande eres!, nos dejas el ¡voy a ti, pago doble! y la receta de la batida mañanera que nunca podremos igualar...

Nos dejas tus bromas, tus carcajadas, la chiva en el dominó y ese abrazo eterno que te queremos dar...

Nos dejas aquel brindis del siempre juntos, tu emoción al vernos, unida a ese ¡hola mi amorrrrrrr!, que solo tú sabías enfatizar...

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Nos dejas hermanos postizos y una tribu extendida en todo aquel que acogiste en tu hogar.  Nos dejas a Yeye, nos dejas a Jaime, nos dejas a Izander, nos dejas a Maria Elena y a Juan.  Nos dejas a tantos y tantos que se quedan por mencionar.

Nos dejas la sensación de tu brazo sobre nuestros hombros.  Nos dejas incontables abrazos, infinitos besos y nos dejas toda tu creatividad.

Nos dejaste Biyo, pero nunca te irás, porque estarás en el aire puro, en ese mar limpio, en la sombra de una palma, en el viaje que haremos juntos, en lo que viviste a nuestro lado y en lo que nos falta por andar.

Te fuiste Biyo, pero siempre estarás...

¡porque eres el más grande de todos, PAPÁ!

¡Te amamos!

El método Trager®, no es un masaje, es un mensaje

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Publicado en Natural Awakenings, abril 2018.

El huracán María ya pasó. Sí, la devastación, la escasez y las largas filas también pasaron por mi cuerpo.  Fue como si incontables banderas rojas ondearan en el estómago, en el cuello y  en la espalda. La tensión abrazó mis músculos y la incertidumbre no me dejaba dormir.  Las preguntas abarrotaban mi mente. Las noches las pasaba en vela y durante el día buscaba razones para sonreír.

Hasta el día de la terapia Trager®. La mesa de masaje era como un diminuto mundo donde solo existíamos el terapista y yo. Esto fue lo que pasó... Me acosté en la mesa y simplemente estaba. El terapista sujetó mi brazo, lo movía de lado a lado; cada extremidad de mi cuerpo oscilaba en sus manos. Yo sentí como si me mecieran en un sillón, quizás era una bebé y abuela me susurraraba al oído canciones de cuna. Me sentí amada.

Salí de la terapia y flotaba... quise llevarme esa sensación. Nada había cambiado en mi vida, solo que poco a poco regresaba a la normalidad, pero en el día a día siempre se presentaban situaciones que levantaban las banderas rojas. Sin embargo, luego de la sesión, noté que por las noches dormía mejor y que sonreía un poco más.

Me sentí amada.

A la semana, tuve otra terapia. Había contado los días. Sentía mucho ruido e interferencia en el ambiente: deuda, bancarrota, crisis… Quería regresar.

Otra vez en mi mundo, solo el terapista y yo en un vaivén relajante donde nada más pasa, donde no existen preguntas, donde tampoco hay contestaciones.  De nuevo el vaivén, el susurro de un movimiento. Visualicé mi hígado sonriendo y el estómago riendo a carcajadas. Me imaginé que estaba acurrucando mi corazón.

Luego de varias sesiones, sentí un cambio. De repente dejé de intentar contestarme todas las preguntas: ¿qué?, ¿quien?, ¿como?, ¿cuando?, ¿donde? y ¿por qué? En otras palabras, solté el drama. Ya no sentía las banderas rojas ondeando ante las situaciones diarias. Era como si observara cada suceso detrás de una cámara de filmación. Era espectadora.  Me senté en una silla bien acojinada y busqué las palomitas de maíz. Enderecé la espalda, respiré profundo y todo mi cuerpo se alegró.

Según me explicó el terapista, a través del Método Trager® se podrían liberar patrones de tensión crónicos e inconscientes, es como si se le fueran sacando poco a poco las capas de una cebolla hasta llegar al centro. Los movimientos no-intrusivos permiten que el cuerpo experimente diferentes formas de gravedad, por eso cuando salgo de cada terapia siento como si volara en un globo aerostático sobre el paisaje de la Toscana en Italia.

De esa forma, se le envía al cuerpo un mensaje de bienestar y se van eliminando los efectos de la tensión.

Con el vaivén que caracteriza los movimientos del tratamiento, se puede lograr un estado de relajación profunda. Mi cuerpo se siente más suelto y fluido, de la misma manera logro serenidad. Como cada sesión representa una experiencia positiva en el cuerpo, la memoria guarda esa sensación de comodidad, en vez de dolor.  Al igual que se graban en nuestra mente las experiencias negativas del estrés y la tensión, se pueden recordar las positivas, como las de este tipo de terapia. De esa forma, se le envía al cuerpo un mensaje de bienestar y se van eliminando los efectos de la tensión. 

El Método Trager® fue desarrollado hace casi un siglo por el Dr. Milton Trager, luego que dedicara toda su vida a la observación de la conexión entre el cuerpo y la mente a través del movimiento.

Para más información del Método Trager® en Puerto Rico:

Facebook: @ tragerpr   www.TragerPR.com  (908) 938-4791

Facebook: @tragerpr
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(908) 938-4791


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El Vocero - 17 de marzo 2018

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Cuentan la vida de los adictos de forma compasiva

Por: Coraima Martínez, Especial para EL VOCERO

José Luis Sierra, Juan Carlos Rueda, Pamy Rojas, Máximo Campos, Richard Rivera-Cardona y Yasmarie Hernández-González, fueron quienes aceptaron el reto de trabajar en la preparación de este volumen llamado De Sombras y Claridad, que de alguna manera u otra ayudará a cambiar la visión del consumidor de drogas a una más compasiva.

Aguacero navideño

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Hoy lloro. Se acaba de ir. Va a estar bien, lo sé. No es un llanto de preocupación. Puse la alarma antes de dormir para poder despedirme. Desperté con el sonido ripples y fui hasta su cuarto para decirle adiós. Quise que el abrazo fuese eterno...

Hoy lloro. Se fue antes de que saliera el sol.  De regreso a mi cama, las lágrimas bajaron hasta la almohada. La pregunta de mi esposo: ¿estás bien? Traté de dormir nuevamente, pero el fluir constante por mis ojos me mantuvo en vela. Sobre la mesa de noche el celular y la luz de un mensaje de texto: "Llegué al aeropuerto."

Hoy lloro. Es mi pecho que quiere reventar de orgullo por este hombre que ya traza su propio camino. El recuerdo de aquel pequeño con olor a inocencia hoy retorna a mi pensamiento, adornado con motas de algodón. La imagen de un adulto regresa, es él, es mi niño. Todavía en sus ojos veo conejos blancos de fábulas y árboles frondosos que salen de un cuento.

Hoy lloro. Lo voy a extrañar, lo sé. Pero no es un llanto de tristeza; volverá en exactamente once días. Ayer cuando me contaba lo que tenían planificado hacer en el viaje, me dijo: "¡estoy volando!" Y con él, ¡yo también volé! El sonido del mensaje de texto hace que despierte del sueño liviano en el que estaba.  Miro la pantalla del celular: "A bordo, ready, besos, lov u." Verlo disfrutar de la vida es una felicidad al cuadrado.

Las gotas inundan mis ojos como si estuvieran bajo el chorro de un desagüe. ¡Qué mucho gozaba en esos aguaceros!

Hoy lloré y mis lágrimas sonrieron conmigo. Mensaje de texto: “Aterrizamos. ¡Todo a fuegote!”

Sobre orgasmos

La piscina entre ambos. Ella parada a un extremo, él en la esquina opuesta. El rayo de luz que sale de uno penetra en el cuerpo del otro. Fue para mediados de los años ochenta que la película Coccon transformó mi visión de lo que se suponía fuera un orgasmo.

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Danzante

Vestida de negro salgo al escenario. Bailo al compás de la melodía de la pieza de Ennio Moriccone, The Mission. Los acordes del chelo se intensifican. Estoy arrodillada, la luz busca los movimientos de mis brazos estirados… de mi torso en contracción. Las notas de la flauta se estremecen. Me levanto, la luz me sigue. Flexiono el pie descalzo. La tristeza de los violines seduce el arpa. Mis manos abrazan planas el aire. Finaliza la música y la luz se apaga. Escucho el sonido estrepitoso de las palmas de las manos chocando. Se ilumina nuevamente el escenario y yo estoy parada en el centro. Mi corazón late con vehemencia. Encienden las luces del teatro, veo al público de pie que continúa en una ovación. Experimento contracciones en todo mi cuerpo, sonrío… me libero.

Musical

Estoy sentada en la segunda fila del teatro de la Universidad de Puerto Rico. Pablo Milanés en el escenario, guitarra en mano, es un gran regalo. No hay escenografía, ni brillo, solo unas discretas bambalinas. Todo es rústico, hasta la silla donde está sentado el cantante. Escucho la voz mansa de ese hombre saciado de talento. Ya cuando el maestro llega a la línea: me abres el pecho siempre que me colmas, mi piel está saturada de este éxtasis musical. Por la nuca me sube una corriente tenue. Me enderezo en el asiento y cruzo las piernas para sentir mejor el espasmo melodioso.

Intelectual

Son las conversadas con mi marido las más que me cautivan. Palabras sueltas de nuestros diálogos como reinventarse o hacer patria tientan mi sentido de audición. Igual cuando intercambiamos ideas sobre conservación ambiental o de sustentabilidad, mis neuronas responden con gran erotismo. Sin embargo, cuando el biólogo me empapa con términos científicos, como chilabothrus inornatus, mi hemisferio izquierdo se exalta hasta llegar al clímax intelectual.  Luego que culmina la convulsión intelectual, hablamos como mortales de la boa puertorriqueña.

Literario

Mientras más extenso, más me seduce; debe tener por lo menos cuatrocientas páginas para que lo considere. Vivo el clímax tanto con mujeres como con hombres. El solo hecho de abrirlo y sentir su aroma a historia en papel me embriaga.  Siempre me ofusco en ellos, al punto de llegar a una adicción, cuando prefiero terminar un capítulo antes de comer o dormir. Mi pecho vibra cuando leo el ritmo de las palabras, el fluir de cada oración en una narración impecable. Me excita volver a sus páginas y penetrar en el relato hasta creerme que vivo esa vida. Entonces llego al desenlace y el flujo de sangre se descontrola.  Sin embargo, a pesar del placer de leerlo, al final esta exaltación me deja un apogeo de soledad. Cuando cierro el libro siento que los personajes y su historia me abandonan; por eso busco el próximo para aliviar el dolor.

Gastronómico

Una copa de vino en la mano. Imagino la uva mojada por la lluvia antes de ser cosechada. Acerco la nariz un poco al cristal para sentir el aroma. Mis labios se unen a ese cáliz, el líquido carnoso entra a la boca y descansa por unos segundos. Me trago el vigoroso morapio y mientras baja por la garganta, advierto que sube por mis piernas un estremecimiento tibio; una leve sacudida. Luego, se me adormece un poco la boca y siento la necesidad imperante de morder. ¡Salud!

Sexual

Ya que existen tantos tipos de orgasmo, me parece injusto catalogarlo solo como sexual. Los dejo entonces con el significado que yo le podría otorgar, según lo vivido, a la palabra orgasmo: un éxtasis sublime de la carne y el espíritu motivado por un placer intenso.

Lo que me hace recordar la noticia de farándula sobre la mujer de Georgia quien experimentaba más de cien orgasmos diarios. Supuestamente padecía de un síndrome de excitación persistente…

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Insula

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Aquí estoy, quieta, pero me tambaleo.  Mi isla flota.  Sentada sobre la arena, miro hacia el mar. Quiero escapar. Un avión que no llega.  El barco ausente. Espero. Lloro. Aguanto.

Puedo tirarme al agua y nadar. No obstante, me quedo. Aguardo. Inhalo.

Me rodea el vaivén de las olas.  Hoy sí, mañana no. Recuerdos detonantes. Huellas explosivas de aquél, el anterior.  ¿Cómo se confunden dos seres en los sueños? Permanezco. Exhalo.  

Estoy aquí en esta isla. Quiero volar. Veo un velero. Llega despacio. Se acerca. Me levanto. Sonrío.

Ancla en mi orilla.  Nado hasta allá.  Subo por la escalera. Suelto todo en la proa.

Salto nuevamente al agua. Lo veo alejarse. Camino sobre la arena. Voy hacia las montañas. Respiro. Me río.

Aquí estoy en mí.    

Click

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Es ese momento en el que descubrimos lo que antes no vimos. Una corriente nos empuja y ya no podemos volver atrás. Ese instante, cuando encendemos el interruptor de la luz o cuando tomamos una foto. Click. Algunas dormimos casi una década, otras, en solo una semana despiertan.

Con ese click, renunciamos a las telarañas de la indiferencia y frialdad. Del pecho nos arrebatamos todos los “clichosos” te voy a dejar en la calle, tú no puedes sola o ahora no la puedo dejar. ¡Un poco de creatividad, por favor!

Arrojamos al vacío los te amo que no escuchamos y la ausencia de ese cuerpo que se supone estuvo presente. Nos despojamos del diagnóstico de demencia y paranoia que tantas veces él estableció. Soltamos, porque solo nosotras estábamos aferradas a la soga. Nacimos porque estábamos muertas.

Es irrelevante si fuimos la que firmó los papeles legales o quien no tenía ningún derecho. Tampoco importa si parimos dos hijos o no existía ninguna responsabilidad familiar. No viene al caso si vivimos con él y a diario anhelamos un poco de caridad, porque igual las visitas eran solo de vez en cuando y venían acompañadas por la tradicional limosna.

 El mundo se reveló ante nosotras. Ahora todas las imágenes son claras. Con el click, desaparecieron los signos de interrogación. ¡Ya llovió lo que iba a llover!    

Yo, tú, ella, la otra y aquella. Nosotras, nos parimos con tan solo un click

A mi esposo

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Te confieso que soy infiel. Me imagino quieres saber con quien, pero solo mencionaré algunos. Han sido tantos que necesitaría demasiado tiempo y espacio. Me parece que los detalles no son tan relevantes, solo el hecho de que yo sea lo suficientemente valiente para aceptar que coexisto en dos vidas. Antes debo aclararte que cada uno fue especial; lo admito, dejaron una huella y no creo que los pueda olvidar.

Primero fue Chejov, formamos Un escándalo.  Con Maupassant estuve en La cama 29. Cómo olvidar a Quiroga y El almohadón de plumas. Tengo que reconocer que La noche boca arriba que pasé con Cortázar fue imborrable. Ni hablar de Hemingway, con él estuve literalmente en El jardín del edén, también Al otro lado del río y entre árboles. Recuerdo con delirio La belleza bruta de Francisco Font Acevedo. La experiencia con Kafka me transformó, algo así como La Metamorfosis. Todavía evoco El perfume de Patrick Süskind. Con García Márquez conocí El amor en los tiempos del cólera y lloré demasiado su partida.  A Roald Dahl lo conocí tarde en mi vida, pero con él experimenté La subida al cielo.   

¿Recuerdas aquella vez que me preguntaste en qué pensaba? Pues imaginaba la Felicidad con Katherine Mansfield. Mi infidelidad no se limita a los hombres, debes saberlo. Muchas mujeres también me seducen. Agatha Christie compartió El cuarto hombre conmigo.  Ángeles Mastretta me hizo descubrir La emoción de las cosas.  El regalo de Chimamanda Ngozi, La flor púrpura, nunca ha marchitado.

Siempre habrá alguien, entiéndelo. Los llevaré a mi cama y por las noches sus palabras me enamorarán. Puede que pierda el sueño por alguno y muchas veces notarás mi silencio. No trates de descifrar lo que pienso, solo debes saber que mi reflexión se debe al amante de turno; el que me espera al lado de la cama y quien me acaricia con sus palabras.

Pero no te preocupes amor, aunque mi pasión por otros sea tan notable, a ti es a quien único amo de verdad. A ellos nunca los dejaré, pero me quedaré contigo…

Deseo en mi cumpleaños

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Si me dijeran pide un deseo, preferiría un rabo de nube...
— Silvio Rodríguez

Hoy es mi cumpleaños y celebro mi deseo ya cumplido.  Estoy llena de música porque lo encontré. Me tropecé con él al otro lado; donde dicen que la grama es más verde. Lo descubrí en el vaso medio lleno. Apareció en la otra cara de la moneda.

La localización exacta no la tengo, pienso que Google Maps tampoco. Menos aún, creo que esté en un solo lugar.  ¿Cómo lo encontré? Bueno, decidí que no estaría toda una vida tratando de alcanzarlo.  Simplemente me convencí de que no serían solamente momentos esporádicos.

Entonces, apareció el barredor de tristezas… y ya tengo mi rabo de nube…

A otro perro con ese hueso

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Y a tu regreso estaré lejos, entre los versos de algún tango, porque este corazón sincero, murió siendo muñeca de trapo.
— La Oreja de Van Gogh

El perro de mi amiga se escapó. Ella teme que acabe debajo de un carro o, peor aun, arrastrao' por una cuneta.  Otras veces cree verlo, casi asfixiado, sujetado por la correa de esta hermosa mujer; que lo pasea por las calles de Isla Verde. 

La escucho cómo se lamenta: Tanto años que cuidé de él... No entiendo qué pasó... Por qué se fue... Finalmente lo dio por muerto. Pero rápidamente buscó otro. Ella admite que no puede vivir sin esta clase de animal. 

Ahora se queja de que también es callejero; que se le pierde por la noche. Ella lo llama y no responde a su nombre. Y además, se la pasa oliéndole el trasero (por no decir culo) a otras perras. En fin, el animal es sumamente travieso (incluyo un adjetivo demasiado halagador). 

Le pregunto si no es el mismo perro con otro collar. Ella me asegura que no: el otro murió, de seguro lo atropellaron, me dice. Pienso que es idéntico. Voy a creer que los perros también tienen siete vidas. Pero igual, no hay que buscarle las cinco patas al gato. 

Hechizos publicitarios

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Cuando descubrí la serie Mad Men, recordé a mi padre en aquella época y como se asemejaba un poco al protagonista. Le eliminamos el whisky y el cigarrillo, le dejamos solamente la creatividad, la mirada y, por supuesto, el look, entonces nos queda una versión muy mejorada, nada trágica, de Don Draper.

Vivir con un artista de una agencia de publicidad, que además es extremadamente creativo, era como ser parte de las páginas más brillantes y coloridas de un cuento. Cuando papi estaba en casa, los chistes y las risas adornaban cada oración. Una vez, para el Día de las Madres, papi le regaló a mami unas fotos enmarcadas de cada uno de sus hijos. Las imágenes tomadas en estudio, por un amigo fotógrafo, tenían un mensaje grabado que él escribió.  El recordatorio de mi primera comunión no era la tarjetita tradicional, sino una foto en blanco y negro de mi perfil con las manos en posición de rezo. Era muy común en nuestro hogar, un trío de guitarras que llevaba una serenata o unas flores para la mujer de su vida, solo porque sí. En mi casa no se comparaban tarjetas Hallmark, se hacían.       

Las fiestas de Halloween, que se celebraban en la terraza de la casa de Guaynabo, eran como entrar al camerino de un teatro en plena preparación para una obra. Una mujer vestida de monja embarazada y un hombre calvo repartiendo flores, con una túnica como ropaje, eran algunos de los personajes que por allí desfilaban. Jamás olvidaré a un muchacho que aparentemente no llevaba disfraz. Vestido con mahón y camiseta, el joven cargaba un cucharón con heces plásticas (las de juguete). Todos preguntaban de qué estaba vestido… ¡de comemierda!  

Los pasatiempos se relacionaban también a la industria. Cuando se nos permitía ver televisión, mi hermano y yo jugábamos con mis amigos y primos, a adivinar el producto que se anunciaba. Una vez comenzaban los treinta segundos del comercial, el que primero acertara la marca anunciada era el ganador. Por supuesto, los hijos del publicista llevábamos siempre ventaja.

Para la época de los setenta, papi trabajaba en la agencia de publicidad, Badillo Compton. Me encantaba estar en su oficina, era un despliegue de creatividad. El escritorio ausente era sustituido por una mesa de dibujo alta e inclinada. Me entretenía girando el carrusel de marcadores Pentel que estaba sobre la mesa de arte, mientras esperaba que papi me prestara algunos para yo poder dibujar. Los bocetos en las paredes me hablaban de refrescos, muebles y hasta pasta de dientes. 

Era la época de los jingles y de los slogans inolvidables. De las sesiones de brainstorming  del equipo de Badillo Comptom brotaron las ideas del enanito de Holsum y “tus pies en la tierra, tus zapatos en la Gloria.”  Los anuncios de la aerolínea Eastern, con Chucho Avellanet y Nydia Caro, también salieron de aquella oficina sin escritorio.

Ya para los ochenta, West Indies Advertising fue el lugar de trabajo de papi. Estando allí, ideó junto a su equipo, campañas como la del lanzamiento de “Red, red, ATH es la red, red…” al ritmo de música de los cincuenta. También de esa época, el comercial de Nissan y el grupo de Gloria Estefan con el jingle “A toda máquina, vas a ver tu dealer, tremenda máquina tú podrás comprar…”

Crecer con un publicista también requería tener un concepto de lealtad muy claro. Por la marquesina de nuestra casa desfilaron autos como Toyota, Nissan y Mitsubishi, según la cuenta que tuviera la agencia en la que papi trabajaba. La lista de colmado siempre incluía marcas. La pasta de dientes debía ser Crest, pero luego fue Colgate. Las habichuelas en su momento fueron Casera, después “Si es Goya tiene que ser bueno.” Usamos el jabón Dove por tanto tiempo y, en su momento, solo viajábamos por Eastern, “Las alas del hombre”.   

A todo esto se le añade que el look y la galantería de papi hacían suspirar a muchas féminas. Como cualquier hija orgullosa de su progenitor, desde mi perspectiva, papi no solo era el más guapo de la industria publicitaria, sino el más atento. Esto lo pude confirmar cuando empecé a trabajar en publicidad. Todas y cada una de las mujeres sabía que yo era "la nena de Fernando." Se embellecían la boca no solo con pintalabios Loreal, sino con palabras de elogio hacia mi padre. Muchos hombres, antiguos compañeros de trabajo de él, lo catalogaban como un “tremendo tipo.” 

Años después, cuando matriculé a mis hijos, en el mismo colegio donde yo estudié, me encontré con quien había sido mi maestra de segundo grado. Ella me confesó que odiaba que yo me portara tan bien, porque no tenía suficientes razones para llamar a mi papá a la escuela. A mis treinta y pico de años descubrí que no eran solo las compañeras de trabajo y conocidas de la industria publicitaria, ¡hasta mis maestras de escuela elemental eran locas con mi padre!

Entonces, luego de una infancia dibujada con anaranjado brillante, solo me queda por decir, gracias papi por idear para mí un mundo hechizado. 

Sobre ser madre

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Your greatest contribution may not be something you do, but someone you raise.

Siempre estuve segura de que quería ser madre, me faltaba tanta información...

Yo pensaba que las contracciones solo ocurrían al parir, pero me di cuenta que ese dolor regresa constantemente; como cuando de pequeño uno de ellos se cayó y se abrió la barbilla. Las punzadas se repitieron a través de los años, porque todo lo que ellos pasaron, a mi se me duplicó.

Cuando solo soñaba con ser madre, no sabía que luego de lactar perdería tanto el cabello. Tampoco imaginé que al darles el pecho, mis pies se aferrarían a la tierra y que entre nosotros se crearía, no un lazo simplemente, sino un nudo de pescador.

Siempre quise ser mamá, pero era muy ingenua. Jamás pensé que al convertirme en madre, yo también crecería; aunque no en altura. Quería enseñarles a leer antes de que llegaran a la escuela, a ir al baño solitos y hasta sobre ying/yang. No tenía idea de todas las lecciones que mis hijos me regalarían envueltas en papel reciclado y con lazos de rafia.

Soy madre. Adoro a mi hijos al infinito y más allá. Nuestras pestañas se dieron tantos besos de ojos y los abrazos de oso fueron incontables. Muchas veces, cuando llegó un huracán fuimos los Tres Mosqueteros. Tantas guerras de almohadas en las literas para terminar acurrucados leyendo el libro: ¿Sabes cuanto te quiero? Corrimos patines con cascos gigantescos y bicicleta por la acera (luego en el monte). Navegamos en el kayak, donde nos acomodamos los tres, para llegar hasta la peña. También remamos parados en tablas, viendo el fondo del océano desde lo alto. ¿Qué no hicimos? ¡Gracias por tantos momentos!

Entonces, de repente tienen barba (bueno, todavía les falta llenar unos parchitos) y con frecuencia la casa está en silencio.  Con el brazo muy bien extendido, desde algún tiempo, llevan la batuta de su vida; así mismo, apuntando ligeramente hacia la izquierda, pero también un poco hacia adentro.

Jamás dudé, siempre quise ser su madre, pero nunca presentí lo que podría significar su mudanza. Y sí, me van a hacer falta... Aquí otra vez las contracciones...

Hoy celebro el día de las Madres por Alejandro y Gabriel. Gracias mis hijos por ser, por tanto, por todo... Los amo.

Mama

El hijo pródigo

Es como pellizcarse uno mismo. ¿Cómo vas a hablar así de mi, simplemente porque te has ido? Por nada del mundo quiero sonar despechada o que te sientas herido, pero me lastiman demasiado tus palabras. Por favor, no hables mal de mi...

No estoy juzgando tu decisión de partir, tienes tus razones y son totalmente válidas. Lo que me duele es que te expreses de manera negativa de quien te vio nacer.  Cuando vienes de visita y escucho "que bueno que me fui" o cuando expresas "eso no pasa aquí" refiriéndote a tu nueva casa, siento que mi angustia llega hasta el Cerro Punta. Pienso que me extrañas demasiado y quizás eso explica tus palabras. Tal vez es un mecanismo de defensa para que la separación no duela tanto. Me imagino que así es la sicología humana. Pero por favor, no hables mal de mi...

Sin embargo, cuando no puedes viajar en las Navidades, te vas de parranda allá en el frío para recordar todo lo que viviste aquí. Me consta que es la época en la que sientes más nostalgia... cuando la distancia está congelada.  También me enteré que toda la decoración de tu casa tiene que ver conmigo. Y que andas por todos los supermercados buscando las habichuelas Goya o el sofrito.

Perdona hijo mis reclamos... Es que yo te extraño también... En estos momentos es cuando más te necesito... pero no debo ser egoísta. Quiero lo mejor para ti y que tu felicidad la encuentres donde quiera que estés. Pero por favor, no hables mal de mi...

A pesar de la tristeza de no tenerte aquí, admiro tu valentía; se necesita mucho coraje para dejarlo todo y empezar de nuevo. Sé que me extrañas no solo a mi, sino a tu familia. Pero por favor, no hables mal de mi...

Recuerda que fui yo quien te arrulló entre las palmas. Cuando sientas melancolía revive todas las noches que te regalé la música del coquí. Evoca las veces que te acurruqué en mis montañas y lo mucho que te gustaba ese olor a tierra mojada. Pero por favor, no hables mal de mi...

Los que se quedaron están luchando, hay tantos profesionales desarrollando sus propios negocios y otros con grandes ideas para microempresas. Investiga y vas a encontrar unas postales bien cool, unas paletas artesanales y hasta palitos de guayaba. Pero por favor, no hables mal de mi...

Aunque estés lejos, tú también puedes hacer tanto por mi.  Comparte únicamente las buenas noticias, los mensajes negativos solo abonan más a mi pena. Si buscas hechos positivos, de seguro los vas a encontrar. Que se haga viral todo lo bueno que me está pasando. Te pido que lo compartas con el mundo, en las redes sociales, en lo que dices y con quien hablas. Que cada palabra que salga de tu boca sea para decir nuestras bondades, como los de buena gente.

Y desde allá, envíame en un abrazo la fortaleza que necesito para seguir adelante. Pero por favor... no hables mal de mi...

Te ama,

Tu Madre Patria

P.D. Recuerda que en ningún otro lugar hacen un café como el mio. ;-)

Paréntesis

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Hacía tiempo que no escribía. Estuve atrapada en un paréntesis; encerrada entre palabras. Solo eso. Palabras inmovilizadas en mi cerebro. En ese proceso de interrupción nada ocurrió. Ni tan siquiera sentí correr las largas horas que solo se sienten en la isla de Culebra. Viví estática; en pausa.

Mis manos sentían el adormecimiento de la nada. Un hormigueo constante despertaba mis piernas en la noche. El inminente espasmo detuvo el sol. Todo cesó.

En la penumbra estuve rodeada de lo que debí olvidar y solo recordé. Los signos me abrazaban con la zozobra de aquel momento que jamás debió suceder. Mis pensamientos eran lo único que se movía. Se apoderó de mi la alusión constante del suceso. Ese repetir la escena en cámara lenta, para buscarle una explicación a algo que jamás tendrá, ni tan siquiera, una hipótesis.

¿Por qué estuve dentro de esta acotación?  Quizás fue un masoquismo necesario para de vez en cuando añadirle cierta sazón de drama a mi vida; permitir que el agua corriera para que no se secara el lagrimal. O tal vez fue un intervalo hormonal, faltan tres para los cincuenta. Igual contribuyó la sequía de sonrisas, que se pasea por la isla en estos días.  No lo sé.

Hoy regresé. ¡Menos mal que fue solo un inciso! Ahora comienzo con puntos suspensivos...

A mi hijo en su cumpleaños

Mi amado Alejandro:

A pesar de que fue hoy que llegaste a la mayoría de edad (según los estándares sociales), desde hace mucho tiempo  demostraste que eres un gran hombre.

Cuando desbordas toda esa caballerosidad que te caracteriza, no solo con tus amigas, sino con las mujeres que te rodean, eres todo un hombre. Me enorgullece inmensamente el respeto que demuestras hacia todas nosotras. Me llena de satisfacción y me tranquiliza que no exista un rastro de machismo en tu personalidad. Eres un hombre extremadamente sensible y cariñoso. La dulzura con la que tratas a tus primas y el amor que le profesas a tus abuelos son parte de todas esas cualidades que te convierten en una persona sumamente especial. Tu iniciativa para ayudar en la casa y en el trabajo te hacen, desde ya, un hombre responsable y una persona muy considerada. La perseverancia que has demostrado en tus años de estudios abonan a la admiración que siento por ti.  Las decisiones trascendentales que has tomado, y la forma en que ya resuelves las situaciones que se te presentan en tu caminar, aportan a esa madurez temprana.  Los buenos días, buen provecho o buenas noches, entre tantos otros buenos modales constantes, te colocan entre los jóvenes bien educados de tu generación. Eres un gran hombre cuando demuestras tanta humildad al reconocer tu errores y hacer los indecible por enmendarlos.  Tu sonrisa mi amado, es única y tan jovial. El amor que emana de tu mirada regala tanta paz... Mi orgullo es infinito. Eres sencillamente un ser humano espectacular.

Mi amado Alejandro hoy cumples 21 años y pronto te irás. Extrañaré cada mañana y cada noche el brazo que apoyas sobre mi hombro para besarme en la mejilla. Tus detalles diarios, como mensajes de texto para preguntarme si quiero un chai, compartir un chiste o para dejarme saber dónde estás y cuándo vienes. Las carcajadas que compartimos cuando nos sentamos todos juntos a cenar. Tu mera presencia diaria que me hace tan feliz y el saber que todavía estás a mi lado; pero más que nada añoraré ese espacio de amor con el que llenas nuestro hogar... Bien lo dijo Saramago: "un hijo es tan solo un préstamo..."

Gracias amor por ser ese gran maestro que inauguró mi maternidad.  Gracias porque contigo aprendí a ser fuerte y a ser mejor persona para darte un mejor ejemplo, pero más que nada, gracias por la gran lección de amor incondicional.

Pronto abrazarás tu independencia y escribirás tu propia vida... Me quedaré con la satisfacción de todos estos años que me regalaste y guardaré entre las líneas de mis incontables diarios todos esos PRIMEROS momentos: aquella sonrisa, el diente pegado a la página, una palabra: "mama", la prueba del recorte, aquel paso firme y luego caer para levantarte de nuevo... Y tantos... Tantos años de amor sin reparos...

Gracias por enseñarme un mundo y regalarme el privilegio de ser tu madre.  ¡Te amo mi vida!

¡Feliz cumpleaños!

Mama

Ta'to bien

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A mi abuelo Tato

Mi abuelo tenía un olor dulzón, como el que se impregna en el acero del machete luego de cortar la caña de azúcar. Nuestro hombre rústico llevó como insignia un sombrero de paja, con el surco del trabajo honesto marcado en la parte interior. Las botas de campo guardaron, en las ranuras de la suela, el rastro de la tierra que tanto amó. Los tirantes color marrón, sobre camisilla blanca, le aseguraban los pantalones en su sitio, en todo sentido de la palabra.

Siempre se le veía con un pan criollo debajo del brazo. El resultado de toda esa harina lo llevaba en la barriga; que era tan firme como un músculo más de su cuerpo. La piel tenía ese color a trabajo en el campo y en los brazos la marca de los sacos de comida; que por mucho tiempo levantó para los animales de la finca.

Hasta El Hogar Eléctrico de Tato Otero llegábamos los sábados. Justo frente a la plaza del pueblo estaba el refugio de los vegabajeños. En la mueblería vendían juegos de sala de rattan, camas con cenefas y mesas de madera del país. Tato Otero muchas veces entregaba neveras o estufas que nunca cobró. Todo el pueblo conocía y adoraba a don Tato... el del Hogar Eléctrico.

Allí nos recibía abuelo, siempre de fiesta, para llevarnos a la cafetería que estaba justo al lado; donde el ketchup de los hamburgers era más dulce que en cualquier otro lugar. –Pidan lo que quieran –nos decía. Los empleados ya sabían que éramos los nietos de don Tato, así que nos trataban como si fuéramos de la realeza de Mónaco.

Acompañarlo a hacer una gestión en la pick up era toda una aventura. Sobre el panel de instrumentos de la guagua descansaban los periódicos del día y cualquier otro papel que abuela estuviera como loca buscando para archivar en la oficina. En el cristal delantero, el reflejo del lío de papeles; jamás entendí cómo no le perturbaba la vista para guiar. Abuelo conducía tocando la bocina, o el claxon como él le llamaba. Cada curva, cada frenazo, cada aceleración, venía acompañado de dos toques a la bocina, seguidos por la mano izquierda saludando a todo el que pasaba.

–¿Cómo está don Tato? –le gritaban desde la acera.

–¡Ta’to bien! –así saludaba.

Las rutas siempre eran más largas de lo usual porque en el camino recogía a quien necesitara pon. En la guagua, de una sola cabina, yo me acomodaba en el centro y el pasajero a mi lado. El auto se convertía entonces en un confesionario. Allí el viajero le contaba a mi abuelo del hijo enfermo o la madre convaleciendo. Al otro día, la persona tenía frente a su puerta la guagua de entregas del Hogar Eléctrico con un regalo de don Tato; desde una estufa con todo y tanque de gas, hasta un juego de cuarto.

Ir a la casa de campo, luego que la mueblería cerraba, era como llegar a un parque de diversiones. Allí era Navidad todo el año, abuelo nos recibía con un poni con quitrín para pasearnos o el carrito motorizado en el que perdí un diente al chocar contra el tubo del tetherball. Muchísimo antes de la fiebre de los carritos de golf, fácilmente cuarenta años antes, nuestro abuelo tenía uno de estos vehículos en el que los nietos nos aventurábamos fuera de la finca. Ese lugar lo bautizamos como ‘el desierto’; que no era otra cosa que un terreno de varias cuerdas de arena blanca en la colindancia entre Vega Baja y Manatí. Los mayores eran quienes tenían el privilegio de guiar el carro de golf y de ir en el asiento del pasajero. A los más pequeños nos enviaban a la parte de atrás. ‘Nos perdíamos’ en aquel arenal. Éramos indios, éramos vaqueros, éramos niños que jugábamos en aquella vastedad, sin mayor peligro que quizás un rasguño o un diente perdido.

En el terreno de la finca se levantaban dos enormes silos, que en algún momento se llenaron con alimento para el ganado. Ya los silos no guardaban comida, pero estaban repletos de avispas. Mi hermano y mis primos trataban de subir hasta el tope. Desde abajo, los más pequeños (que no nos atrevíamos a subir) mirábamos ensimismados a los aventureros escalando el silo, mientras esquivábamos los insectos para que no nos picaran.

Siempre que llegábamos de nuestras hazañas, unas permitidas, otras no (como la de los silos), abuelo nos esperaba con el Alcoholado Superior 70 para desinfectar con mucho ardor y la manteca de ubre para embadurnar cualquier golpe.

La mayoría de las veces nos quedábamos a dormir el sábado en la finca. El domingo por la mañana, uno de nosotros iba con él al gallinero a buscar los huevos. Allí nos enseñaba el nido de donde debíamos sacar nuestro desayuno. Yo siempre temía que cuando abuela rompiera el huevo, para hacernos el inigualable ‘huevo pasao’ por agua’, brincara a la cacerola un pollito.

La jauría era común en la finca; cualquier perro que abuelo encontrara en la calle, lo recogía, se lo llevaba y lo curaba. Si queríamos conejos, llevaba por lo menos cinco. Las gallinas nunca faltaban, mucho menos los gallos y su cantar por las mañanas. También cabritos y pollitos o cualquier animal en diminutivo. La naturaleza, los animales y la tierra eran parte de cada fin de semana en nuestro parque de diversiones en el campo.

Entre el reino mágico de la mueblería y el jardín de entretenimiento en la finca, tuvimos una niñez privilegiada. Gracias abuelo por ese entorno natural y seguro de nuestra niñez, por tu toque de gente y por tu ejemplo de generosidad, por esa fortaleza de carácter tan arraigado en los Otero y por haber sido esencial en mi vida…

¡Gracias a ti... Ta'to bien!

El Nuevo Día - 4 de diciembre 2016

 
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Conciencia ambiental

Por: José Borges

Publicado en El Nuevo Día el 4 de diciembre de 2016.

Cuando era niño, no recuerdo haber leído muchos cuentos relacionados con el ambiente y la importancia de su protección. Los cuentos de mi infancia más bien se centraban en cuándo llegaría papá del trabajo o la importancia de hacerles caso a los padres. Si el tema era sobre los animales, se centraban en que estos existían para ser mascotas, comida o herramientas de trabajo, y todos los recursos del Planeta eran para ayudar a nuestro desarrollo. Por ejemplo, los árboles eran para fabricar papel y los caballos para correr. Es esa misma actitud la que ha causado que el calentamiento global sea hoy el peligro más grande para la humanidad y que con cada día que pase existan más especies en peligro de extinción. Por tanto, la existencia de libros e historias como ¡Achú, achú, Pirulo!, de la puertorriqueña Pamy Rojas, son una manera útil y eficaz de crear conciencia en nuestros infantes (y tal vez algunos adultos más tercos).  

La historia, ilustrada por Christibiri López, trata acerca del manatí Pirulo, que acude al doctor Delfino porque está enfermo. El médico lo examina y, además de encontrarle una herida en una aleta provocada por las aspas del motor de un bote, determina que padece de una pulmonía. La cura para Pirulo será viajar a aguas más cálidas y despobladas por humanos, ya que estos fueron los responsables de causar que el manatí viviera en temperaturas bajas, alejado de los ruidos de los botes.

¡Achú, achú, Pirulo! presenta una trama sencilla, con pocas complicaciones, que más bien muestra cómo las acciones del ser humano en el ambiente afectan a las criaturas marinas, no solo por la contaminación, sino por simplemente intervenir. Además, ilustra la naturaleza y las características fisiológicas de estos mamíferos acuáticos que tanta atención han captado en tiempos recientes. 

Una de las grandes injusticias que se le hace a la literatura infantil es que quienes la juzgan y evalúan no son niños. En este caso, el libro ha sido juzgado favorablemente por mi hija de tres años, ya que ha pedido que se le lea un sinnúmero de veces. A juzgar por el interés y las preguntas que ha provocado en ella, estoy seguro de que se lo recomendaría sin reservas a sus contemporáneos. En este caso, su opinión cuenta más que la de cualquier adulto.

jose.borges.escritor@gmail.com                      joseborgesescritor.com

¡Achú, achú, Pirulo!

Pamy Rojas

EDP Infantil Editorial, 2016