FAMILIA

¡Qué grande eres!

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A Biyo (Papi, Abito)

(26 de mayo 1941 - 10 de julio 2018)

Biyo, te fuiste y pensamos que ya no estás...

Pero te quedas en la bandera que sopla en el peñón de la playa y en el amor a la tierra que nos supiste inculcar. Te quedas en el grupo de pleneritos.  Te quedas en la playa de Vega Baja.  Te quedas en tu Isla...

Te quedas y estás...

Te quedas en la ola que rompe en tu balcón y en nuestra cercanía al mar.  Te quedas en las limpiezas de playa.  Se queda tu afán por sembrar y te quedas en todo lo que después de ti, logremos conservar...

Te quedas en la melodía de: A mi manera y en todas aquellas canciones que tanto disfrutabas escuchar.  Te quedas en aquella estrofa: en el tronco de un árbol, una niña...  Te quedas en: esta es la tierra que habito, pertenezco a este lugar... o como diría tu nieta Arianna: esta es la tierra de Abito...

Te quedas abuelito y siempre estarás...

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Estarás a nuestro lado en el avión cuando toquemos las nubes.  Nos acompañarás a aquellos destinos que ya visitaste y a los que no pudiste llegar.  De seguro iremos a Grecia, a Holanda, y a China, debemos regresar...

Te quedas papi y allí estarás.

Estarás en la butaca del cine viendo la película que sabemos te podría gustar.  Escucharemos tu risa en las comedias españolas.  Desearemos llamarte para saber cual sería la próxima a recomendar...

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Biyo, nos dejas... sí... nos dejas...

Nos dejas el ¡qué grande eres!, nos dejas el ¡voy a ti, pago doble! y la receta de la batida mañanera que nunca podremos igualar...

Nos dejas tus bromas, tus carcajadas, la chiva en el dominó y ese abrazo eterno que te queremos dar...

Nos dejas aquel brindis del siempre juntos, tu emoción al vernos, unida a ese ¡hola mi amorrrrrrr!, que solo tú sabías enfatizar...

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Nos dejas hermanos postizos y una tribu extendida en todo aquel que acogiste en tu hogar.  Nos dejas a Yeye, nos dejas a Jaime, nos dejas a Izander, nos dejas a Maria Elena y a Juan.  Nos dejas a tantos y tantos que se quedan por mencionar.

Nos dejas la sensación de tu brazo sobre nuestros hombros.  Nos dejas incontables abrazos, infinitos besos y nos dejas toda tu creatividad.

Nos dejaste Biyo, pero nunca te irás, porque estarás en el aire puro, en ese mar limpio, en la sombra de una palma, en el viaje que haremos juntos, en lo que viviste a nuestro lado y en lo que nos falta por andar.

Te fuiste Biyo, pero siempre estarás...

¡porque eres el más grande de todos, PAPÁ!

¡Te amamos!

Aguacero navideño

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Hoy lloro. Se acaba de ir. Va a estar bien, lo sé. No es un llanto de preocupación. Puse la alarma antes de dormir para poder despedirme. Desperté con el sonido ripples y fui hasta su cuarto para decirle adiós. Quise que el abrazo fuese eterno...

Hoy lloro. Se fue antes de que saliera el sol.  De regreso a mi cama, las lágrimas bajaron hasta la almohada. La pregunta de mi esposo: ¿estás bien? Traté de dormir nuevamente, pero el fluir constante por mis ojos me mantuvo en vela. Sobre la mesa de noche el celular y la luz de un mensaje de texto: "Llegué al aeropuerto."

Hoy lloro. Es mi pecho que quiere reventar de orgullo por este hombre que ya traza su propio camino. El recuerdo de aquel pequeño con olor a inocencia hoy retorna a mi pensamiento, adornado con motas de algodón. La imagen de un adulto regresa, es él, es mi niño. Todavía en sus ojos veo conejos blancos de fábulas y árboles frondosos que salen de un cuento.

Hoy lloro. Lo voy a extrañar, lo sé. Pero no es un llanto de tristeza; volverá en exactamente once días. Ayer cuando me contaba lo que tenían planificado hacer en el viaje, me dijo: "¡estoy volando!" Y con él, ¡yo también volé! El sonido del mensaje de texto hace que despierte del sueño liviano en el que estaba.  Miro la pantalla del celular: "A bordo, ready, besos, lov u." Verlo disfrutar de la vida es una felicidad al cuadrado.

Las gotas inundan mis ojos como si estuvieran bajo el chorro de un desagüe. ¡Qué mucho gozaba en esos aguaceros!

Hoy lloré y mis lágrimas sonrieron conmigo. Mensaje de texto: “Aterrizamos. ¡Todo a fuegote!”

Hechizos publicitarios

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Cuando descubrí la serie Mad Men, recordé a mi padre en aquella época y como se asemejaba un poco al protagonista. Le eliminamos el whisky y el cigarrillo, le dejamos solamente la creatividad, la mirada y, por supuesto, el look, entonces nos queda una versión muy mejorada, nada trágica, de Don Draper.

Vivir con un artista de una agencia de publicidad, que además es extremadamente creativo, era como ser parte de las páginas más brillantes y coloridas de un cuento. Cuando papi estaba en casa, los chistes y las risas adornaban cada oración. Una vez, para el Día de las Madres, papi le regaló a mami unas fotos enmarcadas de cada uno de sus hijos. Las imágenes tomadas en estudio, por un amigo fotógrafo, tenían un mensaje grabado que él escribió.  El recordatorio de mi primera comunión no era la tarjetita tradicional, sino una foto en blanco y negro de mi perfil con las manos en posición de rezo. Era muy común en nuestro hogar, un trío de guitarras que llevaba una serenata o unas flores para la mujer de su vida, solo porque sí. En mi casa no se comparaban tarjetas Hallmark, se hacían.       

Las fiestas de Halloween, que se celebraban en la terraza de la casa de Guaynabo, eran como entrar al camerino de un teatro en plena preparación para una obra. Una mujer vestida de monja embarazada y un hombre calvo repartiendo flores, con una túnica como ropaje, eran algunos de los personajes que por allí desfilaban. Jamás olvidaré a un muchacho que aparentemente no llevaba disfraz. Vestido con mahón y camiseta, el joven cargaba un cucharón con heces plásticas (las de juguete). Todos preguntaban de qué estaba vestido… ¡de comemierda!  

Los pasatiempos se relacionaban también a la industria. Cuando se nos permitía ver televisión, mi hermano y yo jugábamos con mis amigos y primos, a adivinar el producto que se anunciaba. Una vez comenzaban los treinta segundos del comercial, el que primero acertara la marca anunciada era el ganador. Por supuesto, los hijos del publicista llevábamos siempre ventaja.

Para la época de los setenta, papi trabajaba en la agencia de publicidad, Badillo Compton. Me encantaba estar en su oficina, era un despliegue de creatividad. El escritorio ausente era sustituido por una mesa de dibujo alta e inclinada. Me entretenía girando el carrusel de marcadores Pentel que estaba sobre la mesa de arte, mientras esperaba que papi me prestara algunos para yo poder dibujar. Los bocetos en las paredes me hablaban de refrescos, muebles y hasta pasta de dientes. 

Era la época de los jingles y de los slogans inolvidables. De las sesiones de brainstorming  del equipo de Badillo Comptom brotaron las ideas del enanito de Holsum y “tus pies en la tierra, tus zapatos en la Gloria.”  Los anuncios de la aerolínea Eastern, con Chucho Avellanet y Nydia Caro, también salieron de aquella oficina sin escritorio.

Ya para los ochenta, West Indies Advertising fue el lugar de trabajo de papi. Estando allí, ideó junto a su equipo, campañas como la del lanzamiento de “Red, red, ATH es la red, red…” al ritmo de música de los cincuenta. También de esa época, el comercial de Nissan y el grupo de Gloria Estefan con el jingle “A toda máquina, vas a ver tu dealer, tremenda máquina tú podrás comprar…”

Crecer con un publicista también requería tener un concepto de lealtad muy claro. Por la marquesina de nuestra casa desfilaron autos como Toyota, Nissan y Mitsubishi, según la cuenta que tuviera la agencia en la que papi trabajaba. La lista de colmado siempre incluía marcas. La pasta de dientes debía ser Crest, pero luego fue Colgate. Las habichuelas en su momento fueron Casera, después “Si es Goya tiene que ser bueno.” Usamos el jabón Dove por tanto tiempo y, en su momento, solo viajábamos por Eastern, “Las alas del hombre”.   

A todo esto se le añade que el look y la galantería de papi hacían suspirar a muchas féminas. Como cualquier hija orgullosa de su progenitor, desde mi perspectiva, papi no solo era el más guapo de la industria publicitaria, sino el más atento. Esto lo pude confirmar cuando empecé a trabajar en publicidad. Todas y cada una de las mujeres sabía que yo era "la nena de Fernando." Se embellecían la boca no solo con pintalabios Loreal, sino con palabras de elogio hacia mi padre. Muchos hombres, antiguos compañeros de trabajo de él, lo catalogaban como un “tremendo tipo.” 

Años después, cuando matriculé a mis hijos, en el mismo colegio donde yo estudié, me encontré con quien había sido mi maestra de segundo grado. Ella me confesó que odiaba que yo me portara tan bien, porque no tenía suficientes razones para llamar a mi papá a la escuela. A mis treinta y pico de años descubrí que no eran solo las compañeras de trabajo y conocidas de la industria publicitaria, ¡hasta mis maestras de escuela elemental eran locas con mi padre!

Entonces, luego de una infancia dibujada con anaranjado brillante, solo me queda por decir, gracias papi por idear para mí un mundo hechizado. 

Sobre ser madre

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Your greatest contribution may not be something you do, but someone you raise.

Siempre estuve segura de que quería ser madre, me faltaba tanta información...

Yo pensaba que las contracciones solo ocurrían al parir, pero me di cuenta que ese dolor regresa constantemente; como cuando de pequeño uno de ellos se cayó y se abrió la barbilla. Las punzadas se repitieron a través de los años, porque todo lo que ellos pasaron, a mi se me duplicó.

Cuando solo soñaba con ser madre, no sabía que luego de lactar perdería tanto el cabello. Tampoco imaginé que al darles el pecho, mis pies se aferrarían a la tierra y que entre nosotros se crearía, no un lazo simplemente, sino un nudo de pescador.

Siempre quise ser mamá, pero era muy ingenua. Jamás pensé que al convertirme en madre, yo también crecería; aunque no en altura. Quería enseñarles a leer antes de que llegaran a la escuela, a ir al baño solitos y hasta sobre ying/yang. No tenía idea de todas las lecciones que mis hijos me regalarían envueltas en papel reciclado y con lazos de rafia.

Soy madre. Adoro a mi hijos al infinito y más allá. Nuestras pestañas se dieron tantos besos de ojos y los abrazos de oso fueron incontables. Muchas veces, cuando llegó un huracán fuimos los Tres Mosqueteros. Tantas guerras de almohadas en las literas para terminar acurrucados leyendo el libro: ¿Sabes cuanto te quiero? Corrimos patines con cascos gigantescos y bicicleta por la acera (luego en el monte). Navegamos en el kayak, donde nos acomodamos los tres, para llegar hasta la peña. También remamos parados en tablas, viendo el fondo del océano desde lo alto. ¿Qué no hicimos? ¡Gracias por tantos momentos!

Entonces, de repente tienen barba (bueno, todavía les falta llenar unos parchitos) y con frecuencia la casa está en silencio.  Con el brazo muy bien extendido, desde algún tiempo, llevan la batuta de su vida; así mismo, apuntando ligeramente hacia la izquierda, pero también un poco hacia adentro.

Jamás dudé, siempre quise ser su madre, pero nunca presentí lo que podría significar su mudanza. Y sí, me van a hacer falta... Aquí otra vez las contracciones...

Hoy celebro el día de las Madres por Alejandro y Gabriel. Gracias mis hijos por ser, por tanto, por todo... Los amo.

Mama

A mi hijo en su cumpleaños

Mi amado Alejandro:

A pesar de que fue hoy que llegaste a la mayoría de edad (según los estándares sociales), desde hace mucho tiempo  demostraste que eres un gran hombre.

Cuando desbordas toda esa caballerosidad que te caracteriza, no solo con tus amigas, sino con las mujeres que te rodean, eres todo un hombre. Me enorgullece inmensamente el respeto que demuestras hacia todas nosotras. Me llena de satisfacción y me tranquiliza que no exista un rastro de machismo en tu personalidad. Eres un hombre extremadamente sensible y cariñoso. La dulzura con la que tratas a tus primas y el amor que le profesas a tus abuelos son parte de todas esas cualidades que te convierten en una persona sumamente especial. Tu iniciativa para ayudar en la casa y en el trabajo te hacen, desde ya, un hombre responsable y una persona muy considerada. La perseverancia que has demostrado en tus años de estudios abonan a la admiración que siento por ti.  Las decisiones trascendentales que has tomado, y la forma en que ya resuelves las situaciones que se te presentan en tu caminar, aportan a esa madurez temprana.  Los buenos días, buen provecho o buenas noches, entre tantos otros buenos modales constantes, te colocan entre los jóvenes bien educados de tu generación. Eres un gran hombre cuando demuestras tanta humildad al reconocer tu errores y hacer los indecible por enmendarlos.  Tu sonrisa mi amado, es única y tan jovial. El amor que emana de tu mirada regala tanta paz... Mi orgullo es infinito. Eres sencillamente un ser humano espectacular.

Mi amado Alejandro hoy cumples 21 años y pronto te irás. Extrañaré cada mañana y cada noche el brazo que apoyas sobre mi hombro para besarme en la mejilla. Tus detalles diarios, como mensajes de texto para preguntarme si quiero un chai, compartir un chiste o para dejarme saber dónde estás y cuándo vienes. Las carcajadas que compartimos cuando nos sentamos todos juntos a cenar. Tu mera presencia diaria que me hace tan feliz y el saber que todavía estás a mi lado; pero más que nada añoraré ese espacio de amor con el que llenas nuestro hogar... Bien lo dijo Saramago: "un hijo es tan solo un préstamo..."

Gracias amor por ser ese gran maestro que inauguró mi maternidad.  Gracias porque contigo aprendí a ser fuerte y a ser mejor persona para darte un mejor ejemplo, pero más que nada, gracias por la gran lección de amor incondicional.

Pronto abrazarás tu independencia y escribirás tu propia vida... Me quedaré con la satisfacción de todos estos años que me regalaste y guardaré entre las líneas de mis incontables diarios todos esos PRIMEROS momentos: aquella sonrisa, el diente pegado a la página, una palabra: "mama", la prueba del recorte, aquel paso firme y luego caer para levantarte de nuevo... Y tantos... Tantos años de amor sin reparos...

Gracias por enseñarme un mundo y regalarme el privilegio de ser tu madre.  ¡Te amo mi vida!

¡Feliz cumpleaños!

Mama

Ta'to bien

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A mi abuelo Tato

Mi abuelo tenía un olor dulzón, como el que se impregna en el acero del machete luego de cortar la caña de azúcar. Nuestro hombre rústico llevó como insignia un sombrero de paja, con el surco del trabajo honesto marcado en la parte interior. Las botas de campo guardaron, en las ranuras de la suela, el rastro de la tierra que tanto amó. Los tirantes color marrón, sobre camisilla blanca, le aseguraban los pantalones en su sitio, en todo sentido de la palabra.

Siempre se le veía con un pan criollo debajo del brazo. El resultado de toda esa harina lo llevaba en la barriga; que era tan firme como un músculo más de su cuerpo. La piel tenía ese color a trabajo en el campo y en los brazos la marca de los sacos de comida; que por mucho tiempo levantó para los animales de la finca.

Hasta El Hogar Eléctrico de Tato Otero llegábamos los sábados. Justo frente a la plaza del pueblo estaba el refugio de los vegabajeños. En la mueblería vendían juegos de sala de rattan, camas con cenefas y mesas de madera del país. Tato Otero muchas veces entregaba neveras o estufas que nunca cobró. Todo el pueblo conocía y adoraba a don Tato... el del Hogar Eléctrico.

Allí nos recibía abuelo, siempre de fiesta, para llevarnos a la cafetería que estaba justo al lado; donde el ketchup de los hamburgers era más dulce que en cualquier otro lugar. –Pidan lo que quieran –nos decía. Los empleados ya sabían que éramos los nietos de don Tato, así que nos trataban como si fuéramos de la realeza de Mónaco.

Acompañarlo a hacer una gestión en la pick up era toda una aventura. Sobre el panel de instrumentos de la guagua descansaban los periódicos del día y cualquier otro papel que abuela estuviera como loca buscando para archivar en la oficina. En el cristal delantero, el reflejo del lío de papeles; jamás entendí cómo no le perturbaba la vista para guiar. Abuelo conducía tocando la bocina, o el claxon como él le llamaba. Cada curva, cada frenazo, cada aceleración, venía acompañado de dos toques a la bocina, seguidos por la mano izquierda saludando a todo el que pasaba.

–¿Cómo está don Tato? –le gritaban desde la acera.

–¡Ta’to bien! –así saludaba.

Las rutas siempre eran más largas de lo usual porque en el camino recogía a quien necesitara pon. En la guagua, de una sola cabina, yo me acomodaba en el centro y el pasajero a mi lado. El auto se convertía entonces en un confesionario. Allí el viajero le contaba a mi abuelo del hijo enfermo o la madre convaleciendo. Al otro día, la persona tenía frente a su puerta la guagua de entregas del Hogar Eléctrico con un regalo de don Tato; desde una estufa con todo y tanque de gas, hasta un juego de cuarto.

Ir a la casa de campo, luego que la mueblería cerraba, era como llegar a un parque de diversiones. Allí era Navidad todo el año, abuelo nos recibía con un poni con quitrín para pasearnos o el carrito motorizado en el que perdí un diente al chocar contra el tubo del tetherball. Muchísimo antes de la fiebre de los carritos de golf, fácilmente cuarenta años antes, nuestro abuelo tenía uno de estos vehículos en el que los nietos nos aventurábamos fuera de la finca. Ese lugar lo bautizamos como ‘el desierto’; que no era otra cosa que un terreno de varias cuerdas de arena blanca en la colindancia entre Vega Baja y Manatí. Los mayores eran quienes tenían el privilegio de guiar el carro de golf y de ir en el asiento del pasajero. A los más pequeños nos enviaban a la parte de atrás. ‘Nos perdíamos’ en aquel arenal. Éramos indios, éramos vaqueros, éramos niños que jugábamos en aquella vastedad, sin mayor peligro que quizás un rasguño o un diente perdido.

En el terreno de la finca se levantaban dos enormes silos, que en algún momento se llenaron con alimento para el ganado. Ya los silos no guardaban comida, pero estaban repletos de avispas. Mi hermano y mis primos trataban de subir hasta el tope. Desde abajo, los más pequeños (que no nos atrevíamos a subir) mirábamos ensimismados a los aventureros escalando el silo, mientras esquivábamos los insectos para que no nos picaran.

Siempre que llegábamos de nuestras hazañas, unas permitidas, otras no (como la de los silos), abuelo nos esperaba con el Alcoholado Superior 70 para desinfectar con mucho ardor y la manteca de ubre para embadurnar cualquier golpe.

La mayoría de las veces nos quedábamos a dormir el sábado en la finca. El domingo por la mañana, uno de nosotros iba con él al gallinero a buscar los huevos. Allí nos enseñaba el nido de donde debíamos sacar nuestro desayuno. Yo siempre temía que cuando abuela rompiera el huevo, para hacernos el inigualable ‘huevo pasao’ por agua’, brincara a la cacerola un pollito.

La jauría era común en la finca; cualquier perro que abuelo encontrara en la calle, lo recogía, se lo llevaba y lo curaba. Si queríamos conejos, llevaba por lo menos cinco. Las gallinas nunca faltaban, mucho menos los gallos y su cantar por las mañanas. También cabritos y pollitos o cualquier animal en diminutivo. La naturaleza, los animales y la tierra eran parte de cada fin de semana en nuestro parque de diversiones en el campo.

Entre el reino mágico de la mueblería y el jardín de entretenimiento en la finca, tuvimos una niñez privilegiada. Gracias abuelo por ese entorno natural y seguro de nuestra niñez, por tu toque de gente y por tu ejemplo de generosidad, por esa fortaleza de carácter tan arraigado en los Otero y por haber sido esencial en mi vida…

¡Gracias a ti... Ta'to bien!