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Aguacero navideño

Hoy lloro. Se acaba de ir. Va a estar bien, lo sé. No es un llanto de preocupación. Puse la alarma antes de dormir para poder despedirme. Desperté con el sonido ripples y fui hasta su cuarto para decirle adiós. Quise que el abrazo fuese eterno...

Hoy lloro. Se fue antes de que saliera el sol.  De regreso a mi cama, las lágrimas bajaron hasta la almohada. La pregunta de mi esposo: ¿estás bien? Traté de dormir nuevamente, pero el fluir constante por mis ojos me mantuvo en vela. Sobre la mesa de noche el celular y la luz de un mensaje de texto: "Llegué al aeropuerto."

Hoy lloro. Es mi pecho que quiere reventar de orgullo por este hombre que ya traza su propio camino. El recuerdo de aquel pequeño con olor a inocencia hoy retorna a mi pensamiento, adornado con motas de algodón. La imagen de un adulto regresa, es él, es mi niño. Todavía en sus ojos veo conejos blancos de fábulas y árboles frondosos que salen de un cuento.

Hoy lloro. Lo voy a extrañar, lo sé. Pero no es un llanto de tristeza; volverá en exactamente once días. Ayer cuando me contaba lo que tenían planificado hacer en el viaje, me dijo: "¡estoy volando!" Y con él, ¡yo también volé! El sonido del mensaje de texto hace que despierte del sueño liviano en el que estaba.  Miro la pantalla del celular: "A bordo, ready, besos, lov u." Verlo disfrutar de la vida es una felicidad al cuadrado.

Las gotas inundan mis ojos como si estuvieran bajo el chorro de un desagüe. ¡Qué mucho gozaba en esos aguaceros!

Hoy lloré y mis lágrimas sonrieron conmigo. Mensaje de texto: “Aterrizamos. ¡Todo a fuegote!”

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