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Ta'to bien

A mi abuelo Tato

Mi abuelo tenía un olor dulzón, como el que se impregna en el acero del machete luego de cortar la caña de azúcar. Nuestro hombre rústico llevó como insignia un sombrero de paja, con el surco del trabajo honesto marcado en la parte interior. Las botas de campo guardaron, en las ranuras de la suela, el rastro de la tierra que tanto amó. Los tirantes color marrón, sobre camisilla blanca, le aseguraban los pantalones en su sitio, en todo sentido de la palabra.

Siempre se le veía con un pan criollo debajo del brazo. El resultado de toda esa harina lo llevaba en la barriga; que era tan firme como un músculo más de su cuerpo. La piel tenía ese color a trabajo en el campo y en los brazos la marca de los sacos de comida; que por mucho tiempo levantó para los animales de la finca.

Hasta El Hogar Eléctrico de Tato Otero llegábamos los sábados. Justo frente a la plaza del pueblo estaba el refugio de los vegabajeños. En la mueblería vendían juegos de sala de rattan, camas con cenefas y mesas de madera del país. Tato Otero muchas veces entregaba neveras o estufas que nunca cobró. Todo el pueblo conocía y adoraba a don Tato... el del Hogar Eléctrico.

Allí nos recibía abuelo, siempre de fiesta, para llevarnos a la cafetería que estaba justo al lado; donde el ketchup de los hamburgers era más dulce que en cualquier otro lugar. –Pidan lo que quieran –nos decía. Los empleados ya sabían que éramos los nietos de don Tato, así que nos trataban como si fuéramos de la realeza de Mónaco.

Acompañarlo a hacer una gestión en la pick up era toda una aventura. Sobre el panel de instrumentos de la guagua descansaban los periódicos del día y cualquier otro papel que abuela estuviera como loca buscando para archivar en la oficina. En el cristal delantero, el reflejo del lío de papeles; jamás entendí cómo no le perturbaba la vista para guiar. Abuelo conducía tocando la bocina, o el claxon como él le llamaba. Cada curva, cada frenazo, cada aceleración, venía acompañado de dos toques a la bocina, seguidos por la mano izquierda saludando a todo el que pasaba.

–¿Cómo está don Tato? –le gritaban desde la acera.

–¡Ta’to bien! –así saludaba.

Las rutas siempre eran más largas de lo usual porque en el camino recogía a quien necesitara pon. En la guagua, de una sola cabina, yo me acomodaba en el centro y el pasajero a mi lado. El auto se convertía entonces en un confesionario. Allí el viajero le contaba a mi abuelo del hijo enfermo o la madre convaleciendo. Al otro día, la persona tenía frente a su puerta la guagua de entregas del Hogar Eléctrico con un regalo de don Tato; desde una estufa con todo y tanque de gas, hasta un juego de cuarto.

Ir a la casa de campo, luego que la mueblería cerraba, era como llegar a un parque de diversiones. Allí era Navidad todo el año, abuelo nos recibía con un poni con quitrín para pasearnos o el carrito motorizado en el que perdí un diente al chocar contra el tubo del tetherball. Muchísimo antes de la fiebre de los carritos de golf, fácilmente cuarenta años antes, nuestro abuelo tenía uno de estos vehículos en el que los nietos nos aventurábamos fuera de la finca. Ese lugar lo bautizamos como ‘el desierto’; que no era otra cosa que un terreno de varias cuerdas de arena blanca en la colindancia entre Vega Baja y Manatí. Los mayores eran quienes tenían el privilegio de guiar el carro de golf y de ir en el asiento del pasajero. A los más pequeños nos enviaban a la parte de atrás. ‘Nos perdíamos’ en aquel arenal. Éramos indios, éramos vaqueros, éramos niños que jugábamos en aquella vastedad, sin mayor peligro que quizás un rasguño o un diente perdido.

En el terreno de la finca se levantaban dos enormes silos, que en algún momento se llenaron con alimento para el ganado. Ya los silos no guardaban comida, pero estaban repletos de avispas. Mi hermano y mis primos trataban de subir hasta el tope. Desde abajo, los más pequeños (que no nos atrevíamos a subir) mirábamos ensimismados a los aventureros escalando el silo, mientras esquivábamos los insectos para que no nos picaran.

Siempre que llegábamos de nuestras hazañas, unas permitidas, otras no (como la de los silos), abuelo nos esperaba con el Alcoholado Superior 70 para desinfectar con mucho ardor y la manteca de ubre para embadurnar cualquier golpe.

La mayoría de las veces nos quedábamos a dormir el sábado en la finca. El domingo por la mañana, uno de nosotros iba con él al gallinero a buscar los huevos. Allí nos enseñaba el nido de donde debíamos sacar nuestro desayuno. Yo siempre temía que cuando abuela rompiera el huevo, para hacernos el inigualable ‘huevo pasao’ por agua’, brincara a la cacerola un pollito.

La jauría era común en la finca; cualquier perro que abuelo encontrara en la calle, lo recogía, se lo llevaba y lo curaba. Si queríamos conejos, llevaba por lo menos cinco. Las gallinas nunca faltaban, mucho menos los gallos y su cantar por las mañanas. También cabritos y pollitos o cualquier animal en diminutivo. La naturaleza, los animales y la tierra eran parte de cada fin de semana en nuestro parque de diversiones en el campo.

Entre el reino mágico de la mueblería y el jardín de entretenimiento en la finca, tuvimos una niñez privilegiada. Gracias abuelo por ese entorno natural y seguro de nuestra niñez, por tu toque de gente y por tu ejemplo de generosidad, por esa fortaleza de carácter tan arraigado en los Otero y por haber sido esencial en mi vida…

¡Gracias a ti... Ta'to bien!

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