pamy rojas
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Sobre orgasmos

La piscina entre ambos. Ella parada a un extremo, él en la esquina opuesta. El rayo de luz que sale de uno penetra en el cuerpo del otro. Fue para mediados de los años ochenta que la película Coccon transformó mi visión de lo que se suponía fuera un orgasmo.

Danzante

Vestida de negro salgo al escenario. Bailo al compás de la melodía de la pieza de Ennio Moriccone, The Mission. Los acordes del chelo se intensifican. Estoy arrodillada, la luz busca los movimientos de mis brazos estirados… de mi torso en contracción. Las notas de la flauta se estremecen. Me levanto, la luz me sigue. Flexiono el pie descalzo. La tristeza de los violines seduce el arpa. Mis manos abrazan planas el aire. Finaliza la música y la luz se apaga. Escucho el sonido estrepitoso de las palmas de las manos chocando. Se ilumina nuevamente el escenario y yo estoy parada en el centro. Mi corazón late con vehemencia. Encienden las luces del teatro, veo al público de pie que continúa en una ovación. Experimento contracciones en todo mi cuerpo, sonrío… me libero.

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Musical

Estoy sentada en la segunda fila del teatro de la Universidad de Puerto Rico. Pablo Milanés en el escenario, guitarra en mano, es un gran regalo. No hay escenografía, ni brillo, solo unas discretas bambalinas. Todo es rústico, hasta la silla donde está sentado el cantante. Escucho la voz mansa de ese hombre saciado de talento. Ya cuando el maestro llega a la línea: me abres el pecho siempre que me colmas, mi piel está saturada de este éxtasis musical. Por la nuca me sube una corriente tenue. Me enderezo en el asiento y cruzo las piernas para sentir mejor el espasmo melodioso.

Intelectual

Son las conversadas con mi marido las más que me cautivan. Palabras sueltas de nuestros diálogos como reinventarse o hacer patria tientan mi sentido de audición. Igual cuando intercambiamos ideas sobre conservación ambiental o de sustentabilidad, mis neuronas responden con gran erotismo. Sin embargo, cuando el biólogo me empapa con términos científicos, como chilabothrus inornatus, mi hemisferio izquierdo se exalta hasta llegar al clímax intelectual.  Luego que culmina la convulsión intelectual, hablamos como mortales de la boa puertorriqueña.

Literario

Mientras más extenso, más me seduce; debe tener por lo menos cuatrocientas páginas para que lo considere. Vivo el clímax tanto con mujeres como con hombres. El solo hecho de abrirlo y sentir su aroma a historia en papel me embriaga.  Siempre me ofusco en ellos, al punto de llegar a una adicción, cuando prefiero terminar un capítulo antes de comer o dormir. Mi pecho vibra cuando leo el ritmo de las palabras, el fluir de cada oración en una narración impecable. Me excita volver a sus páginas y penetrar en el relato hasta creerme que vivo esa vida. Entonces llego al desenlace y el flujo de sangre se descontrola.  Sin embargo, a pesar del placer de leerlo, al final esta exaltación me deja un apogeo de soledad. Cuando cierro el libro siento que los personajes y su historia me abandonan; por eso busco el próximo para aliviar el dolor.

Gastronómico

Una copa de vino en la mano. Imagino la uva mojada por la lluvia antes de ser cosechada. Acerco la nariz un poco al cristal para sentir el aroma. Mis labios se unen a ese cáliz, el líquido carnoso entra a la boca y descansa por unos segundos. Me trago el vigoroso morapio y mientras baja por la garganta, advierto que sube por mis piernas un estremecimiento tibio; una leve sacudida. Luego, se me adormece un poco la boca y siento la necesidad imperante de morder. ¡Salud!

Sexual

Ya que existen tantos tipos de orgasmo, me parece injusto catalogarlo solo como sexual. Los dejo entonces con el significado que yo le podría otorgar, según lo vivido, a la palabra orgasmo: un éxtasis sublime de la carne y el espíritu motivado por un placer intenso.

Lo que me hace recordar la noticia de farándula sobre la mujer de Georgia quien experimentaba más de cien orgasmos diarios. Supuestamente padecía de un síndrome de excitación persistente…

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